¿Qué sentido e importancia hay en acudir a un festival cultural hoy en día? ¿Cuál es el aliciente?, si vivimos en sociedades sometidas voluntariamente al capricho premeditado del algoritmo; a ese leviatán diáfano que suplanta una identidad trivial e infundamentada de lo que supuestamente somos en un mundo cada vez más renuente a convivir con el otro y a explorar la experiencia humana en toda su magnitud. La pregunta peca, quizás, por su abuso de la retórica. Dicho de otra forma, ¿qué es la cultura sino el resultado de todo lo que nos define como sociedad?, desde nuestras experiencias, conflictos, aspiraciones, nuestros propios traumas y contradicciones. En ese sentido, una obra de arte, puede revelar la esencia de quiénes somos, reflejar nuestra verdadera identidad. De estas interrogantes derivan otras dos de una naturaleza filosófica: ¿quiénes creemos ser? y ¿quiénes queremos ser? Precisamente, los eventos culturales logran librarnos de los grilletes y caretas digitales que nos tienen cegados y varados en el Yo para así devolvernos, aunque sea por unos instantes, nuestras identidades usurpadas y descubrir por nosotros mismos terrenos nunca antes explorados.
Bajo los parámetros referidos, esta quinta edición del Festival Cultura UNAM nos invita, implícitamente, a hacer un ejercicio retrospectivo de cuál ha sido su verdadero impacto en el ámbito cultural desde el lustro que ha transcurrido desde su concepción. Es una proposición aparentemente sencilla, de donde brotan muchas otras cuestiones. ¿De qué manera podemos determinar la repercusión de un evento cultural? ¿Por el número de artistas que convoca?
¿Por la variedad y el volumen de su programación? ¿Por la asistencia del público o por la repercusión que alcanza en los medios? No necesariamente. Mucho menos cuando los cimientos de este evento colosal están anclados en el concepto; cuando la intención del arte es edificar horizontes abstractos en los paisajes mentales del público que, a su vez, representa a un vehículo que transforma, perpetúa, reinventa y proyecta todas las expresiones interdisciplinarias que ofrece el Festival. El arte no busca a un receptor versado ni conocedor, dado que el verdadero arte comunica por sí solo, a veces incomoda, replantea ideas aparentemente incuestionables y puede poner en duda sus propias verdades; todo esto siempre con el ánimo de generar un diálogo continuo con el público, que no imponer un discurso impoluto e incuestionable. Ésa es la forma para lograr medir la repercusión e impronta del Festival Cultura UNAM.
Desde su primera edición, en 2022, el Festival tenía claro que un evento confeccionado a la talla del espíritu universitario no podía limitarse a una mera vitrina de espectáculos. En esa primera convocatoria, concebida en el contexto de la pospandemia, se planteó el mismo concepto que prevalece hasta la fecha: la democratización de la cultura como eje rector e instrumento transformador cuyo objetivo es conducirnos a imaginar nuevas formas de vida y de convivencia.Su vena interdisciplinaria ha logrado crear un universo donde Sor Juana y la música contemporánea, la ópera y la experimentación escénica, la tradición sinfónica y el rock latinoamericano, la danza contemporánea y las formas populares, dialogan en una suerte de vals inconcebible.
En la edición de 2024, podíamos transitar de Rolando Villazón a Georges Aperghis, de la danza folclórica croata a Álvaro Restrepo y de la Carmina Burana a Hazmat Modine de un modo orgánico, perfectamente verosímil, gracias a una programación curatorial que es una disciplina artística más del Festival Cultura UNAM, ya que supone proponer y generar simbiosis improbables y sui géneris entre disciplinas y lenguajes aparentemente incompatibles. Y quizás esa naturaleza ecléctica y armónica que figura como una apuesta anticonvencional sea una de las marcas distintivas del Festival, dado que no existe un conflicto entre lo consagrado y lo experimental, entre la tradición y la vanguardia, entre la alta cultura y las expresiones populares; por el contrario, la apuesta del Festival es crear el ambiente propicio para la convivencia, con la certeza de que este roce enaltece y enriquece al arte.
El Festival Cultura UNAM ocupa un lugar muy peculiar: es un laboratorio que se distingue por su marcada inclinación por la experimentación continua como respuesta a su insaciable curiosidad intelectual. No se reduce a lo exclusivamente sensorial ni busca complacer con efectismos a su público, sino que logra crear entornos donde el placer y la reflexión, lejos de ser antagonistas, representan dos elementos críticamente complementarios; y es que una de las grandes virtudes de la cultura consiste precisamente en recordarnos que pensar es una de las acepciones más sublimes del placer y también una de las expresiones más potentes de nuestra identidad e individualismo. Quizás sea ésa la pregunta que el Festival nos revira amablemente: ¿Cuál es el papel protagónico de la cultura frente a la abulia estelar del algoritmo? La respuesta, paradójicamente, es de una sencillez que coquetea con el brutalismo: rescatar nuestra identidad.