La apuesta por parte del Festival Cultural UNAM en inaugurar el evento con una pieza de la vehemente naturaleza rupturista de Manifesto no es una casualidad, sino otra muestra de la minuciosa intencionalidad curatorial que compone la programación de esta celebración artística interdisciplinaria de altos vuelos.
Manifesto sirve como el preludio idóneo para la premisa, el leitmotiv, o si se prefiere, el lema de esta quinta edición: Pasados vivos, futuros posibles, dado que la propuesta de su autor, el cineasta y artista, Julian Rosefeldt, es precisamente plantear una proyección de un porvenir mejor en una realidad distópica que, no sólo se antoja posible, sino que se logra avistar desde la nuestra.
¿Cómo lo logra? Mediante la fuerza de la autoridad ideática de corrientes filosóficas que van desde el existencialismo, el dadaísmo y el nihilismo; extraídos de las mentes de los pensadores más prominentes de nuestros tiempos –Karl Marx, Guy Debord, Tristan Tzara, Olga Rozanova, Yvonne Rainer y Lars von Trier, entre tantos más– y expresados a través de los personajes interpretados por Cate Blanchett, cuya actuación sostiene con firmeza el concepto que busca comunicar Rosefeldt en esta pieza cinematográfica que transgrede la frontera que divide el videoarte del cine y viceversa gracias a una exquisitez estética poco habitual y por la sofisticación de su narrativa visual. De hecho, esta obra inició como fragmentos aislados expuestos en galerías y posteriormente en museos hasta evolucionar en un largometraje que obedece al mismo nombre y con un sentido narrativo perfectamente hilado por Julian Rosefeldt.
Manifesto crea un efecto por demás intrigante dado el contraste natural que se da cuando cualquiera de las botargas humanas interpretadas por Blanchett, ya sea una conductora de un noticiero, un vagabundo, una dama de sociedad, una coreógrafa, etcétera, todas éstas muy afianzadas y asimiladas a nuestros tiempos, al ocaso del capitalismo, pronuncian pensamientos filosóficos y artísticos sesudos. O cuando una viuda, declama el manifiesto dadaísta en un funeral por demás convencional donde los presentes mantienen, inalterados, la solemnidad protocolaria en sus cuerpos trajeados. Pero Manifesto va mucho más allá. Detrás del supuesto efectismo que surge de este ejercicio se esconde un concepto sumamente potente y claro: las ideas trascienden todo lo físico y son nuestra única esperanza para poder transformar y moldear nuestro futuro.
Manifesto es es un llamado constante a la acción; a la acción de despertar y salir de nuestro letargo milenario, por no decir original, para incentivar el pensamiento rupturista, revolucionario y, por ende, visionario. Manifesto nos invita a incendiar los bosques, no como un acto impulsivo ni vandálico, sino con la consciencia absoluta de que la mejor manera de reforestarlos es prendiéndoles fuego.
En ese mismo sentido, las mechas que prende Rosefeldt en su pieza para poder lanzar a la estratósfera los petardos que surcan el cielo cual saetas endemoniadas hasta explotar y desintegrarse en la estratósfera, son una invitación metafórica para incentivar el pensamiento colectivo, para romper con todo conocimiento e iniciar una era de reflexión impoluta, una que no ha sido contaminada por nuestros bagajes, ni historia, ni ninguna doctrina que nos han impuesto en la envoltura incuestionable del dogma. Ésta, es la misma propuesta que pone sobre la mesa Pasados vivos, futuros posibles: romper con todos los convencionalismos en aras de poder construir un mejor porvenir.
Estoy en guerra con mi tiempo, con la historia, con toda autoridad que reside en formas fijas y temerosas.
Soy uno de los millones que no encajan, que no tienen hogar, ni familia, ni doctrina, ni un lugar firme al que llamar mío, ni principio ni fin conocidos, ni un “sitio sagrado y primordial”.
Declaro la guerra a todos los iconos y a las finalidades, a todas las historias que pretendan encadenarme a mi propia falsedad, a mis propios miedos patéticos.
Solo conozco momentos, y vidas que son como momentos, y formas que aparecen con fuerza infinita, para luego “desvanecerse en el aire”.
Soy un arquitecto, un constructor de mundos, un sensualista que venera la carne, la melodía, una silueta contra el cielo que se oscurece. No puedo saber tu nombre. Ni tú puedes saber el mío.
Mañana, juntos, comenzaremos la construcción de una ciudad.
Este fragmento pertenece al manifiesto escrito por Lebbeus Woods (1940–2012), uno de los arquitectos, teóricos y artistas conceptuales más radicales e influyentes del siglo XX, quien nunca erigió un solo edificio, privilegiando así el pensamiento sobre lo material, haciéndose del manifiesto como su único vehículo de resistencia política; este pasaje resume, quizás, la verdadera esencia de Manifesto.
Por medio de esta monumental obra inaugural de Julian Rosefeldt que desde el 5 de septiembre está instalada en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo (MUAC), Festival Cultura UNAM siembra la semilla de su lema principal con rotunda firmeza: No hay nada más subversivo y transformador que la independencia mental.
Resulta importante señalar que esta exposición fue instalada bajo la curaduría de Tatiana Cuevas y Virginia Roy y logró materializarse gracias al apoyo y al esfuerzo colaborativo entre el MUAC, la Secretaría de Cultura y el Festival Cervantino.